jueves, 16 de junio de 2016

LA COHERENCIA Y EL CAMBIO…DE CHAQUETA.

    Josep Antoni Benedicto
    portavoz GM Socialista de Roda de Berà.

LA COHERENCIA Y EL CAMBIO…DE CHAQUETA.

El Estado construido en la Transición no sólo era el más legítimo sino también el más eficaz de nuestra historia. El sistema pactado entonces era el único que había funcionado en España, con regularidad y con amplia satisfacción, al haber sido producto de un acuerdo básico y mayoritario de nuestra sociedad.

Multitud de sociólogos, politólogos, constitucionalistas, españoles y extranjeros, publicaron muy sesudos análisis para mostrar que la Transición española había sido un éxito en toda regla, hasta tal punto que de ella podía derivarse un modelo teórico válido para América Latina, y hasta incluso para la entonces comunista Europa del Este.

Los historiadores se sumaron muy pronto al mayoritario consenso alcanzado entre sociólogos y politólogos, se extendió por la sociedad española una sensación de cierto orgullo. Por una vez dejamos de pontificar sobre la anomalía y el fracaso de España para saborear la normalidad de ser, por fin, como el resto de los europeos. Un anhelo de una generación que ya debe ir dejando paso a la siguiente; un sueño que teníamos desde años al despertar la conciencia política, en medio de una dictadura militar  pseudo-fascista. Quisimos ser como los europeos y lo fuimos, incluso en lo que se refería al sistema de partidos que, según nos decían los politólogos, tenía un amplio apoyo en la sociedad.

Pero la generación que construyó la democracia en nuestro país caímos en una trampa por un exceso de orgullo y arrogancia que nos impidió percibir la inmediatez de la crisis y el desastre que se nos avecinaba y que bloquea los recursos para reaccionar a tiempo. La democracia sería así el único sistema político que convierte los motivos de un triunfo en causas de una crisis: mientras se sube, el exceso de confianza mueve energías antes dormidas; pero al llegar arriba, provoca la ceguera que conduce al fracaso. Haber triunfado tanto como generación a una edad en la que el futuro todavía pesa más que la memoria se convierte en la causa del actual fracaso. Es necesario dar paso a nuevas generaciones que reconstituyan la democracia.

Reconstituir. No se trata de emprender una nueva transición a no se sabe dónde, conducidos por algún nuevo mesías-caudillo, sino de rectificar la dirección que nos llevó a este desastre, cuyas consecuencias tenemos hoy bien aprendidas. Que burlando la democracia se acaba construyendo un sistema político sobre redes familiares y clientelares. Relaciones de parentesco y de amistad que convierten al Estado en patrimonio de un conglomerado constituido por la clase política dominante, de oscuros negocios privados y de inconfesables intereses financieros. Una deriva que da paso a una corrupción sistémica que termina por erosionar al Estado, desarmar la Administración y desmantelar los servicios públicos y desencantar al ciudadano.

Pero esta necesaria reconstitución precisa de honestidad intelectual y coherencia en el discurso. La generación de la transición estaba unida por el rechazo a la dictadura pero también en la creación de un sistema democrático homologable en Europa.

La ligereza con la que los dirigentes del partido emergente -que ahora se dicen “socialdemócratas”- son capaces de hacer una construcción discursiva ha resultado ser exactamente igual a la que han mostrado a la hora de proceder a la deconstrucción de ese mismo discurso. Aplicaron para España la dicotomización de la política pensada para las repúblicas presidencialistas americanas: gente/casta, arriba/abajo. Les dio ciertos resultados, pero marcó también un límite a su crecimiento, era preciso pactar con alguien de la casta para seguir avanzando. Procedieron, pues, a armar otra construcción, desechando algunas piezas, cambiando la posición de otras e introduciendo otras nuevas, todo con el propósito, plenamente logrado, de fagocitar a quienes hace un año no más, habían despreciado como pitufos gruñones: Izquierda Unida vale como compañera de viaje, a condición de que unida deje de ser izquierda y se diga unidos por el sillón.

Y ahora han hecho una pirueta hasta caer en el espacio “nuevo” de la vieja socialdemocracia. Es lo último que me quedaba por oír, en mi juventud el término “socialdemócrata” era igual a social fascista. ¿Cómo se puede ser anticapitalista, anti-euro, anti-Otan, y republicano como lo son los camaradas de IU y venir ahora con la socialdemocracia?
Sin inmutarse, lo argumentan diciendo que la socialdemocracia consiguió pactar con el capital, mejorando el empleo y los servicios públicos, se pudo construir el Estado de bienestar, se dignificaron en cantidad y calidad las pensiones, la enseñanza pública se universalizó, se mejoró el acceso a productos y el consumo de las clases medias y trabajadoras,… y en definitiva nos integramos en  Europa.

Una cosa es negociar y, por tanto, ceder en algunas posiciones para llegar a acuerdos, y otra muy distinta es pervertir un mes tras otro la coherencia de tus mensajes. En otros tiempos diríamos que “han cambiado de chaqueta”. A este paso, si siguen esta deriva ideológica, serán una mala copia de la derecha liberal “demodé”.


Podemos no condenar la situación de los presos políticos en Venezuela, yo sí. Podemos no hablar de Grecia y de los recortes en salarios y pensiones que de nuevo hoy, sufren sus ciudadanos y ciudadanas, yo hablaré. Podemos ser socialdemócratas,…pero discúlpenme: soy SOCIALISTA. Me han pasado ustedes… por la derecha.