portavoz GM Socialista de Roda de Berà.
LA COHERENCIA Y
EL CAMBIO…DE CHAQUETA.
El Estado construido en la
Transición no sólo era el más legítimo sino también el más eficaz de nuestra
historia. El sistema pactado entonces era el único que había funcionado en
España, con regularidad y con amplia satisfacción, al haber sido producto de un
acuerdo básico y mayoritario de nuestra sociedad.
Multitud de sociólogos,
politólogos, constitucionalistas, españoles y extranjeros, publicaron muy
sesudos análisis para mostrar que la Transición española había sido un éxito en
toda regla, hasta tal punto que de ella podía derivarse un modelo teórico válido
para América Latina, y hasta incluso para la entonces comunista Europa del Este.
Los historiadores se sumaron
muy pronto al mayoritario consenso alcanzado entre sociólogos y politólogos, se
extendió por la sociedad española una sensación de cierto orgullo. Por una vez
dejamos de pontificar sobre la anomalía y el fracaso de España para saborear la
normalidad de ser, por fin, como el resto de los europeos. Un anhelo de una
generación que ya debe ir dejando paso a la siguiente; un sueño que teníamos
desde años al despertar la conciencia política, en medio de una dictadura
militar pseudo-fascista. Quisimos ser
como los europeos y lo fuimos, incluso en lo que se refería al sistema de
partidos que, según nos decían los politólogos, tenía un amplio apoyo en la
sociedad.
Pero la generación que
construyó la democracia en nuestro país caímos en una trampa por un exceso de
orgullo y arrogancia que nos impidió percibir la inmediatez de la crisis y el
desastre que se nos avecinaba y que bloquea los recursos para reaccionar a
tiempo. La democracia sería así el único sistema político que convierte los
motivos de un triunfo en causas de una crisis: mientras se sube, el exceso de
confianza mueve energías antes dormidas; pero al llegar arriba, provoca la
ceguera que conduce al fracaso. Haber triunfado tanto como generación a una
edad en la que el futuro todavía pesa más que la memoria se convierte en la
causa del actual fracaso. Es necesario dar paso a nuevas generaciones que
reconstituyan la democracia.
Reconstituir. No se trata de
emprender una nueva transición a no se sabe dónde, conducidos por algún nuevo mesías-caudillo,
sino de rectificar la dirección que nos llevó a este desastre, cuyas
consecuencias tenemos hoy bien aprendidas. Que burlando la democracia se acaba
construyendo un sistema político sobre redes familiares y clientelares. Relaciones
de parentesco y de amistad que convierten al Estado en patrimonio de un
conglomerado constituido por la clase política dominante, de oscuros negocios
privados y de inconfesables intereses financieros. Una deriva que da paso a una
corrupción sistémica que termina por erosionar al Estado, desarmar la
Administración y desmantelar los servicios públicos y desencantar al ciudadano.
Pero esta necesaria
reconstitución precisa de honestidad intelectual y coherencia en el discurso.
La generación de la transición estaba unida por el rechazo a la dictadura pero
también en la creación de un sistema democrático homologable en Europa.
La ligereza con la que los
dirigentes del partido emergente -que ahora se dicen “socialdemócratas”- son
capaces de hacer una construcción discursiva ha resultado ser exactamente igual
a la que han mostrado a la hora de proceder a la deconstrucción de ese mismo
discurso. Aplicaron para España la dicotomización de la política pensada para
las repúblicas presidencialistas americanas: gente/casta, arriba/abajo. Les dio
ciertos resultados, pero marcó también un límite a su crecimiento, era preciso
pactar con alguien de la casta para seguir avanzando. Procedieron, pues, a
armar otra construcción, desechando algunas piezas, cambiando la posición de
otras e introduciendo otras nuevas, todo con el propósito, plenamente logrado,
de fagocitar a quienes hace un año no más, habían despreciado como pitufos
gruñones: Izquierda Unida vale como compañera de viaje, a condición de que
unida deje de ser izquierda y se diga unidos por el sillón.
Y ahora han hecho una pirueta
hasta caer en el espacio “nuevo” de la vieja socialdemocracia. Es lo último que
me quedaba por oír, en mi juventud el término “socialdemócrata” era igual a social
fascista. ¿Cómo se puede ser anticapitalista, anti-euro, anti-Otan, y
republicano como lo son los camaradas de IU y venir ahora con la socialdemocracia?
Sin inmutarse, lo argumentan
diciendo que la socialdemocracia consiguió pactar con el capital, mejorando el empleo
y los servicios públicos, se pudo construir el Estado de bienestar, se
dignificaron en cantidad y calidad las pensiones, la enseñanza pública se
universalizó, se mejoró el acceso a productos y el consumo de las clases medias
y trabajadoras,… y en definitiva nos integramos en Europa.
Una cosa es negociar y, por
tanto, ceder en algunas posiciones para llegar a acuerdos, y otra muy distinta
es pervertir un mes tras otro la coherencia de tus mensajes. En otros tiempos
diríamos que “han cambiado de chaqueta”. A este paso, si siguen esta deriva
ideológica, serán una mala copia de la derecha liberal “demodé”.
Podemos no condenar la
situación de los presos políticos en Venezuela, yo sí. Podemos no hablar de
Grecia y de los recortes en salarios y pensiones que de nuevo hoy, sufren sus ciudadanos y ciudadanas, yo hablaré. Podemos ser
socialdemócratas,…pero discúlpenme: soy SOCIALISTA. Me han pasado ustedes… por
la derecha.





